De Julio Cortazar

Podría decir que un día una profesora me hizo leer y hacer una historieta sobre “Continuidad de los parques”. Sería verdad, pero también sería mentira decir que ese fue el momento en el que Julio entró a mi vida.
Después si, después recordé ese cuento y lo volví a leer y si bien siempre tuvo magia, no es lo mismo.
Sería injusto.
Un día, si, conocí a un pibe por internet. Tenía yo 16 años y él, puf, era más grande. Eramos amigos, no hay nada raro, chateabamos todos los días muchas horas y estaba bien, él me hablaba de su carrera universitaria en Mardel y yo le decía sobre mis deseos de estudiar Relaciones Internacionales y ser embajadora.
Decir que un día Manina me hizo leerlo es un poco injusto y sobre todo es poco.
Compartir el cumpleaños no es una señal. Pero es hermoso, seguro.
Mi amigo virtual marplatense me habló de Borges, de Cortazar, de miles de cosas. Pero supo leerme entre líneas y formar una realidad paralela que yo aún no vislumbraba.
Decir que sin Pablo, mi amigo marplatense de quien ya no sé nada de su vida y le perdí el rastro, Julio no sería parte de mi vida es hacerle poca justicia a Julio y a mi amigo de la adolescencia Pablo.
Era un domingo, postmediodía, estabamos almorzando en casa, con mi vieja seguro. El día era hermoso, había sol, probablemente era primavera, faltaba aún para que llegue Diciembre y ese sol rajatierras que luego por comparación y a fuerza de viajes no me pareció tan grave. Y tocan el timbre en casa.
Mi casa larga, con patio sobre un costado, yo seguramente en patas, con mi 16 años. Caminar por sobre el cemento rojo, no por el pasto porque sobre el pasto en patas sólo camino en invierno cuando el frío puede subir desde la tierra y hacerse carne. Eran las dos de la tarde, probablemente. Y llegué a la puerta de calle, de madera llena de resina, con su aroma tan característico, de los primeros aromas en los que pienso cuando pienso en Tandil. Al abrir una chica se presenta, ya no recuerdo su nombre, pero me dice que es amiga de Pablo, que él se enteró que ella venía a Tandil y que le dio algo para mi.
Y de ahí en mas, siempre todo fue ir hacia el cielo, saltando de número en número.
Y de ahí en mas, hubo catástrofes y muertes en barcos
Y de ahí en mas, todo ocurre en la ciudad. Y en la realidad hace tiempo y frío.
y todo es para armar.
Y de ahí en mas, Marat en su bañera.
Y de ahí en mas, el Pont des Arts.
París siempre nos quemó.
Y de ahí en mas, siempre lejana.
Y los impedimentos siempre fueron razones técnicas.
Y todos con el capítulo 7 y con el capítulo 93. Porque todo fue dicho en esos capítulos Pero ¿quién puede seguirte luego del 41? Hoy hace frío, en esta estepa porteña. Y siempre hay que ir de lado a lado de la calle, por puentes de madera. Y si, los puentes no se sostienen de un solo lado. Pero eso es 93.
Siempre los naufragios, siempre los vampiros en la ciudad. Siempre los anagramas. Siempre esa habitación de hospital y la muerte. Siempre el amor que no debe corresponderse.

Uno creería que puede decir lo que quiera, pero todo ya lo dijiste vos, Julio. Feliz cumpleaños. Te hablo como si oyeras, pero eso es porque ya no estabas cuando empecé a hablarte.

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Del interior

Las cosas tienen que acontecer de la piel para afuera. Pero siempre pasan antes y muchas mas veces en el interior. 

Viajando a mi pueblo natal, a mi ciudad retrógrada, a mis calles de la infancia, a la casa que me vio crecer, a mi madre con su abrazo cálido, a las ausencias eternas ya eternas definitivas (hoy, papá, no quiero pensar en vos, porque sé lo que me dirías y la verdad, de la forma que sea, siempre duele cuando uno la siente verdad). 

Estoy en el living de esta casa en la que viví por veintiún años, hasta que agarré mis bártulos y me mudé a Buenos Aires, a que la ciudad me desangre y me rearme y me defienda de mi misma. Estoy un poco en todos lados. Soy expansiva. Pero hay café, hay fuego en la chimenea. Hay un sonido a invierno viniendo que me arrulla.

Siglos después, milenios después vuelvo. Siempre vuelvo. Porque acá es dónde la defensa cae y veo. Cuando algo ya aconteció en mi interior, difícil revertirlo. Juro querer, juro querer negar, juro querer evitarlo. Y ya no puedo. Hay gente que tiene que decir las cosas para hacerlas realidad. En mi la realidad se conjura en mi interior. En el interior. Tendría que evitar decirmelo a mi misma. Una vez pensado, difícil ya no sentirlo. Una vez sentido, difícil ya no pensarlo. Y mis escrúpulos son tan pocos, mis límites son tan escasos. Dan ganas de llorar. Quiero no querer. Quiero mantenerme a raya. Dejar en libertad no funciona. 

Reprimir, reprimir, reprimir. 

Soy una sumisa sentimental. Espero, reacciono. Quiero ser efecto.

Estoy cansada de tener el alma aburrida. Venir acá me anestesia. Irme para adentro me anestesia. Quedarme donde estoy me provoca nauseas y ganas de huir, correr, volverme a mi. Nada alcanza. La paciencia nunca es suficiente. Siempre hay que esperar: más tiempo, más cosas, más lugares, más verdades. Pero, reprimir. Dejar en libertad no funciona. Dejar en libertad, de la piel para afuera, hace mal. En el interior que sea lo que sea, es lo que hay, magia y destrucción. Somos tan pocos acá adentro. Y luego, claro, hay que sobrevivir, sobrellevar. 

Si hay alguien acá adentro, también lo quiero adentro afuera. Abrazar la duda para que luego sobrevenga la claridad, la no-confusión, la acción. La certeza, siempre la certeza. Eventualmente llega y pone todo en concordancia. El balance llegará.

Ya llegará, ya será carne. Ya será de todos.

Hay que abrazar la duda ajena también. La claridad no nos sobreviene a todos en el mismo momento ni de la misma forma. La iluminación tiene que quererse, el despojarse tiene que desearse. Por eso. La certeza se sobrepondrá. En el interior y luego en el exterior se dará por añadidura. 

Pero ya será de todos. La claridad, aún la más compleja, tarde o temprano nos pega en la cara. Aunque no tenga sentido.

 

De/a Buenos Aires

Decir que tengo una relación abierta con vos, ciudad, es poco. El odio y amor que te tengo, la serenidad y paciencia y furia y angustia que te tengo.

Me encuentro en cada plaza y esquina desconociéndonos. Incluso en esos recorridos de memoria que me llevan para el lado de Warnes o a Parque Centenario. O la línea B. Porque la línea B es el horizonte de mi tiempo bajo tierra.

Estás arraigada en mi aunque te niegue, aunque me coma las eses para reafirmar el hecho de que no te quiero, no te siento. Pero mentira. Como te adentraste en mi ritmo cardíaco, como un mal necesario e irrevocable, como te adentraste en mi torrente sanguíneo, te siento latir dentro de mi, con tus venas de pavimento y tu inconstancia tan continua, tan llena de vida y asco.

Querer cambiarte todo el tiempo y encontrar las vueltas para que no pase eso. Porque acá, todo. Y allá, allá también. Al allá nunca se llega. Allá deja de serlo en cuanto pongo un pie en el suelo.

Vos, en cambio, con tus subtes y tus bondis y tus taxis con el reloj roto. Y yo tan rota, tan escurridiza, tan trash cagándome de frío y hambre y bajón y alcohol, con ganas de patear tarros de basura y capotas de autos que paran sobre la senda peatonal.  Y vos tan iluminada y on fire. Y yo tan apagada y rota, rota siempre, rota desde adentro hacia afuera. Y vos tan sin luz, y yo tan fosforescente, llena de velas y vos con tu aroma a goma quemada, a far west del siglo XXI. Y vos con tu calor tan exuberante y yo con mi anhelo profundo anhelo deseado anhelo de un poco de invierno. Vos con tu humedad malsana y yo tan con los huesos secos.

Yo te camino, te siento, toco tu esencia en cada puerta de subte que vibra para abrirse. Y vos tan desalmada, tan mala onda, tan no te doy bola.

Yo voy a atravesarte, Buenos Aires, voy a desmembrarte aunque sea lo último que haga. Voy a ir de un lado al otro a la velocidad de los pensamientos y voy a desgarrarte. Voy a hacerte mal, tan solo un poco, un poco menos de lo que vos me hacés a mi. Algún día quizás hasta pueda abandonarte. Y extrañarte como sólo se extraña el hogar, el cobijo, la realidad que no es.

Mientras, vivirte es insoportablemente bello. Y tediosamente hermoso. Y tu belleza ya empezó a hostigarme. Tus calles de noche, tus horas pico, tu abandono de cualquier signo de cordura. Pero soy un ser de filos, de límites y tu estructura me hace sentirte ahí en el borde donde termina mi cuerpo, donde la magia se produce, porque tu entropia carece de bordes y transmite el mayor de los sentidos.

Mientras el mientras es todo.

 

De las cosas que decir

Los días como hoy pienso, básicamente, en las cosas que hay que decir.

No son muchas, pero son certeras. No puedo dejar de pensar en las cosas que quisiera haberle dicho a mi padre, aún hoy que es 3 años después. Decirle, sobre todo, la razón que tenía, que la vida seguía después de todo, que los agujeros se llenan de alguna manera, que siempre hay alguien que genera otros.

Estoy en un continente desconocido, con gente desconocida, más sola que antes de venirme, en un punto. Me traje yo solita hasta acá. Todo esto es mío. El mundo es mío. Es de todos. Me he vuelto más simple con el correr del tiempo, como a él le hubiera gustado. No más barata, siempre lo recuerdo diciéndole a cada pibe con el que salía que no sabía en lo que se estaba metiendo, que era carísimo mantenerme interesada. Es verdad.

Decir que lo extraño sería mentir. Ya no. Ya no está y ya me acostumbre. Da un poco de tristeza decirlo así.  No hay día en que no piense en qué opinaría de las estupideces que hago o digo, de las roturas de corazón, de la gente boluda, de los pibes hablando de drogas duras en las combis camino a un pueblo en una montaña como si no las pudieran conseguir en sus propios países, de los paros, de los diarios, de mi comunismo, del taoísmo. Pero no lo extraño. La realidad es que siempre tuve su aprobación en cada empresa desmedidamente inmadura que llevé a cabo.

Lo único que queda es preguntarme si sabía lo que había hecho con mi vida. Es decir, la manera infinitamente hermosa en la que marcó cada segundo de mi vida. Cada día que pasa me siento más él. No sé si es bueno, siento que me aísla un poco de la gente, pero me acerca al mundo. Me pregunto cuánto tardo en pasársele el miedo a quedarse solo, cuándo dejo de importarle todo eso. Porque es lo que hay. Y no se pasa.

Huir está sobrevalorado. Lo digo yo, que me la paso corriendo. Después llega un momento en el que uno le grita a su propia cola. Es tan bello. Uno se siente tonto, pero está tan lejos.

Los ríos y las estepas son metafísicas. Van con nosotros. Lo mismo los muertos. Es lo que hay.

De la serenidad

Irse, que se vayan, dejar, soltar todo.
Luego de decir lo que debe ser dicho, lo que pasa en el interior cambia, muta, se transforma y se aleja de lo dicho totalmente. Se produce una objetivación, un no sé qué, una paz interna absoluta. Una serenidad que niega totalmente lo dicho, porque lo interno se mueve distinto, por otro camino más amplio.
Nada quita lo demás, el resto, la sublimación del hecho pasa por otro lado. Pero ya nada es lo mismo, por suerte. Sobrevivir es mucho más sencillo así.
Todo el tiempo contenta por lo que le viene a los demás, una vez al mes estaré hecha trizas, porque soy así, porque me acostumbro, porque cuando disfruto de algo/alguien lo hago con cada fibra de mi ser. Y cuando me es quitado pataleo, pero hermosos los recuerdos. Una coyuntura fantástica que será como un caleidoscopio. Nunca la amistad fue tan multifacética para mi. Gracias por eso. Había algo que no había entendido.
Del otro lado del mundo nos veremos o nuestros aviones desaparecerán.

De Villa Crespo

Cuando me baño veo por la ventanita. Se ve una esplanada de techos de galpones que me hacen feliz. No Buenos Aires, pero la urbanidad de Villa Crespo me hace feliz.
La primera vez que puse pie en el barrio, así con recuerdo y conciente de lo que hacía, fue por el 2004, era verano. Estaba por venirme a vivir a Buenos Aires.
Viajé en la línea B, la roja, apoyada contra la puerta que no se abría en ese momento mientras yo viajaba. Muchas veces después de ese día volví a hacerlo, sentada en el piso, cansada, dormida.
Tenía unos amigos que vivían en Humboldt y Camargo, frente a la cancha de Atlanta, se escuchaban los recitales y los partidos mientras estabamos en su casa. La cercanía de las vías también le daba otra mística en mi interior, me encantan los trenes y me encantan las vias y me emociona cada tren y cada vía que veo. Los edificios en construcción perpetua, los locales abandonados, las ferreterías de barrio, los borrachos dando vueltas.
Cuando volví a vivir en Buenos Aires, me mudé a Villa Crespo, azarosa y felizmente. El departamento lo odiaba con cada fibra de mi cuerpo, en realidad me generaba rechazo, pero me dio un techo mientras lo necesité y me trajo muchos recuerdos -buenos y malos-, era frente al Museo de Ciencias Naturales, y Parque Centenario era como un patio gigante en el que uno tomaba mate todo el día y leía y estudiaba y dormía y era hippie de esos que se bañan.
Ahora, vivo en el mismo barrio, siento el tren pasar a lo lejos y mi corazón se emociona, siento los alaridos de la barra brava de Atlanta y me emociono, veo las casas tomadas, los galpones, los carteles de los talleres, el ruido de los bondis. La urbanidad me mata, pero felicidad absoluta, felicidad única. Los techos de los galpones brillan y se ven a lo lejos siluetas en los balcones de los monoblocks, las sinagogas y su dinámica de sábado, las bicisendas incomprendidas. Cuidado vehículos. Los graffitis. Mao me saluda todos los días con sus colores y sus curvas. Y yo no puedo dejar de pensar en Kandinsky, en Berlín, en el verde malo malo, en la sucesión de planos. Todo esto mientras me baño.

De Puerto Libertad

Viví en Puerto Libertad seis meses. Eternos meses de humedad y verano. Como casi todos los meses en la provincia de Misiones.
Viví con alguien allá que ya no es parte de mi vida, aún cuando yo quisiera que hubiera amistad después de lo sentimental que hubo luego de la amistad inicial.
Originariamente, el pueblo se llamaba Puerto Bemberg. No puedo decir mas, colonias alemanas por todos lados, rubias grandotas (más rubias y más grandotas que yo) por todos lados.
Viví en una casa vieja, propiedad de una señora que tenía libros de cantos nacionalsocialista en alemán. Era una casa políticamente incorrecta. Pero tan linda. Y vieja. Y demacrada.
Nunca me sentí tan distinta a mi misma ni tan en consonancia efímera conmigo misma. No había internet, no había computadora (hubo luego, pero no era mía), estaba sola con mis sinapsis locas, con mis libros, con mis cuadernos llenos de notas que usaba para hacer mi blog de turno (subido en contrabando desde alguna de las computadoras del trabajo) y otras cosas.
Seis meses de magia interna.
La tierra colorada, las hojas gigantes, el clima subtropical, bañarse religiosamente tres veces por día. Uno se acostumbraba, Al final caminaba los tres kilómetros de distancia entre el pueblo y el hotel donde trabajaba, sobre la costa del Paraná. Era hermoso ese camino, el contraste del verde de los pinos con el rojo del piso y el celeste del cielo. Tengo fotos mentales.
Era volver del trabajo y sentarse a ver la noche, las frutas cayendo de los árboles del patio, sentir las lagartijas en el entretecho moverse y refugiarse, reciclar muebles, tomar mate todo el día, tereré o lo que sea. Planear viajes a Ciudad del Este, a Foz, a Puerto Iguazú, a Wanda. Cualquier excusa era buena.
Era llegar del trabajo y esperar la lluvia, que no se hacía desear tanto, y sentarse en la galería de la casa, esquivando hormigas y arañas de distintos tipos, con el mate, y leer. Leer hasta desfallecer. Leer hasta sentirte en el Mississippi, en una balsa, dentro de un libro de Faulkner. O hasta sentirte un Oakie camino a California dentro de un libro de Steinbeck. O algún verso perdido de Olga Orozco. O alguien al borde del suicidio en un libro de Murakami. Pero el mate que te trae a la realidad, la lluvia sonora que para, el aroma a la papaya, a los pastos, a los insectos, los ruidos de los perros. Y las lagartijas siempre las lagartijas.
Seis meses de delirio interior.
Seis meses son suficientes de lluvia y río y aroma a pastera y peleas a la madrugada. Creo que allí empezó la introspección, el distanciamiento de todo. Allá empezó mi desconocimiento de las situaciones. Allá tuve que verme al espejo. Seis meses de maravilla pura.
Volver fue sabio, ir fue sabio.

De los “a veces”

A veces, es todo. A veces, es nada.
Y no entiendo en los 2 a veces. Ni la gran oscilación intermedia, abismal, difusa y hermosa.
“A veces” es la clave para la mayoría de las personas. A veces da la posibilidad de deshacer y desdecir y desdeshacer y desdesdecir. El “a veces” caótico no es necesariamente entrópico. A veces es caos, es muerte y destrucción. Es no entender la dialéctica o decir que la dialéctica no explica nada porque en realidad esa persona no la entendió. Aunque esto no me haya acontecido, me sirve de referencia y ejemplo.
Para mi la clave es la simpleza. Después de mucho esfuerzo, es la simpleza. Entonces, doy vueltas como perro buscando la cola del entendimiento. Pero difícil agarrarla. Primero, porque para agarrarla tiene que estar. Segundo, porque una vez agarrada, todo muta porque arrojan un “a veces” como un hueso.
La linealidad de comportamientos debería venir de la mano de la profundidad de pensamiento. Si uno piensa tanto, examina tanto, se trastorna tanto, bueno sería que eso se vea reflejado en el actuar. Pero no. Claro. Cuanto más se analiza y sobreanaliza uno queda clavado en la inacción. O en el accionar errático cuando uno no terminó de analizar aún.
Desde luego, hay corrientes eléctricas incontrolables que no necesariamente salen del cerebro. Amor absoluto a las corrientes eléctricas incontrolables que no necesariamente salen del cerebro.
A veces, es todo, es fluidez, es sorpresa, es simpleza, es sinceridad. Otras, es nada, es trabas, es dejadez, es complicado, es esconder. Y el abismo, mientras Ginnungagup, mientras hermosura bizarra, mientras quiero empíricamente.
Sigo sin entender. Me costó tanto adquirir la claridad que me redesconozco cuando no la veo en alguien que me hace replantear las estructuras como si fuesen coyunturas como si fuesen estructuras anteriores como si no existieran. Sólo quisiera entender cuándo es un “a veces” y cuándo el otro, para esperarte (a veces cambio el sujeto de repente, para que quede claro que hablo de alguien y no de una generalidad, que también son muchos alguienes) como se te debe esperar,  para estar vestida para la ocasión correctamente.

De las partidas

En mi cabeza, vivo adelantada al tiempo.
Irse empieza mucho antes. Irse ya está pasando. Uno se empieza a ir de a pedazos, uno se despide de a partes.
Saber que por más que haya retorno, aún incierto, la que volverá ya no seré yo. Es decir, no seré la que soy ahora. Como me gusta analizar las perspectivas como superposición de planos y no como un continuo, volverá otro yo. Y los demás volveran otros también.
Uno empieza a saldar deudas propias, a decir cosas. Total uno ya se va, después queda el tiempo que hace que todo pase. El tiempo es el remedio para todo. El tiempo y la distancia. Ya se va a pasar todo.
Partir es regresar. Pero nadie habla de cómo se regresa y a qué. Yo quisiera más claridad, más lógica, más razonamiento. Quisiera que todo sea como un cuadro de doble entrada en el que uno incerta variables. Pero claro, no es así y es mentira que lo quiero realmente. El caos de la presencia, de la ausencia, del hueco que uno deja alrededor de donde debería estar su cuerpo y su mente.
Hay un orden que se rompe, hay una secuencia de despojo, hay una ausencia inequívoca. Pero todo es solucionable, el tiempo y la distancia hacen magia, destruyen, restituyen. Y el mundo vuelve a su nuevo orden, a su nueva estructura. Y uno se adapta, se mimetiza, se acostumbra el interior al exterior desmembrado que ya cicatriza y no nota la ausencia, el cambio. Uno sabe que está donde está, pero también sabe que no está donde sería esperable que esté.
Después, claro, costumbre no es aceptación. Uno siente la apertura y luego no queda otra que cerrar herméticamente para que no se infecte el mundo que habitamos. Los anticuerpos empiezan a generarse con la anticipación de las premoniciones lógicas, las paredes empiezan a sentirse acolchonadas y los objetos cortopunzantes pierden filo. No hay otra forma.
En definitiva, la única salida es a través. Y del otro lado puede haber anestesia, pero también iluminación, entendimiento, comprensión. El olvido, la costumbre. O la realidad única y objetiva de que inicialmente uno tenía los pies y el corazón en el lugar correcto. El masoquismo de empezar a irse mucho antes. El masoquismo de volver con el dolor bajo el brazo. El masoquismo de querer y creer en esto más allá de todo lo que pase entremedio.  O el despojo y el olvido.  O la certeza.

De extrañar

Soy una desarraigada, no extraño nada, no por falta de sentimiento, sino porque no se puede vivir apenado.
Las pocas veces que extrañé algo fueron, justamente, pocas. Extraño a mi viejo, porque sé que es irremediable. No extrañé en la distancia de tiempo y geografía, no extrañé mas que muertos que ya no son nada. 
Y me pregunto ¿qué queda de irremediable para extrañar a futuro? ¿habrá algo que me movilice tanto como para sentirme así nuevamente?
Sé que en el futuro cercano mi vida va a cambiar de varias maneras, formas que no sé cómo manejar ni controlar. Pero tampoco creo querer hacerlo. La maniática del control murió hace tiempo en mi, para mi suerte y la de los demás. No sé abono para qué habrá sido su cuerpo metafísico, pero acá estamos.
De un tiempo a esta parte, todo ha girado y vuelto a girar. Y ahora estoy parada acá. Mis pies están en este pedazo de tierra firme, en estas certezas tan claras y en este amor tan profundo que siento por lo que hago con cada instante de mi vida actual. Amo con firmeza cada una de las cosas que digo, que hago, que deshago. Nunca me desdigo, porque no me lo permite mi moralidad interna, que tiene límites vagos y escasos, pero algo hay. No sé decir lo que no sé que pasa en mi interior. Puedo mentir por omisión u ocultamiento de causas, pero en si, soy honesta con lo que siento y pienso. Trato intensamente de serlo.
Entonces, frente a la realización futura de un viaje inminente que me va a llevar muy lejos de mi misma, aún sabiendo del retorno de mi cuerpo, no sé qué pensar. No sé. Es inevitable la confrontación y la movilización interna. Y el retorno que es el verdadero viaje aunque no. Tengo miedo del retorno a lo vacío, de la falta de interés al retorno, de no saber a qué se retorna ni si hay algo para retornar a.
Hace años que no siento la congoja, la inmadurez, la incertidumbre como un nudo que me ata desde adentro cada vena con cada cabello con cada nervio de mi cuerpo. Tengo miedo de volver a sentirla. Tengo miedo de lo que se ata en mi interior.
No es que estoy un poco muerta por dentro, es que tengo miedo de morir de ella.
No extraño pero añoro cosas vividas todo el tiempo, soy una enferma de nostalgia. Y sé que no hay vuelta atrás a las cosas como eran antes de ser. Sólo pido tener la entereza suficiente para sobrellevarlo. Sólo pido poder convivir con el vacío del retorno. Dudo que esto se entienda. Es parte de todo esto, es su gracia.